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  • juin87

Mi conexión con Marine City

Uno de los recuerdos que guardo con más cariño fue el día que llegaron a casa de mis padres los libros de la enciclopedia que me acompañaría, y todavía lo hace, durante toda mi etapa formativa, desde el colegio a la universidad. Llegaron empaquetados en cajas de cartón con el nombre de la editorial en letras negras impresas en los costados de las cajas.

Según mis padres era la mejor y más actualizada enciclopedia de la época. Imagino que fueron las palabras que escucharon del vendedor. Lo fuera o no, lo dejo a criterio de cada uno, el caso es que aquellos inmaculados libros, grandes y pesados para las manos de un niño representaban cosas distintas para cada miembro de la familia. Para mis padres era el privilegio de disponer de libros que habían visto en casa de la gente para los que servía, especialmente para mi madre. Estoy convencido de que mi padre tenía la misma visión porque mi madre se lo habría contado y lo asimiló tal cual.


Para mí, cada libro de la enciclopedia era un camino a un mundo inexplorado. Me pasaba las horas revisando los logros de los personajes que describían, cuanto más grande el párrafo más importante era el personaje, eso creía yo. Revisaba los datos de los países, con mapas que describían en todo detalle la situación de las fábricas, población, producto interior bruto, su historia desde el inicio de los tiempos, organización política, rasgos culturales y étnicos… Era una maravilla aventurarse en aquellas páginas, cuánto más lejano el país, cuánto más complicado de pronunciar su nombre más me motivaba, más me adentraba en otros mundos a los que llegaba por asociación. Las fotografías de las ciudades me llamaban la atención. Leía también lo que describía sobre las ciudades que conocía por tener alguna referencia adicional. Las personas que escribían los bloques de información parecían dioses bajados el olimpo cultural, inalcanzables a la mirada de un niño. Todavía, hoy en día, cuando me adentro en su mundo siento lo mismo. Junto con la biblioteca de mi pueblo, la enciclopedia era mi mundo externo, el único sitio donde poder entender cómo otra gente vivía, descrito por gente que conocía mucho más que yo, mucho más viajada.


Recuerdo como si fuera hoy, un día que estaba revisando por encima uno de los tomos, que, en una de las páginas par del tomo, arriba a la derecha se mostraba una fotografía de dos torres que me llamaron poderosamente la atención. Leí el texto, del que no recuerdo más que las torres se habían construido en Chicago, que fueron rompedoras y novedosas conceptualmente para su tiempo. Después de leer el detalle del texto me quedé largo tiempo explorando la imagen. Aquellos balcones con forma de concha mirando al río de Chicago, con un aparcamiento que ocupaba las primeras plantas y un embarcadero. No me llamó la atención el entorno que las rodeaba, que para el estándar de mi pueblo era como comparar el olimpo con el mundanal barrio en el que crecí. Lo que me llamó la atención fue la forma de las torres, dos cilindros a los que les habían sacado los balcones que parecen suspenderse desde el centro, desde el eje vertical que las sustenta. Las barandillas de metal y los grandes ventanales de los espacios que lo forman. Mi imaginación voló a aquellos balcones. Me imaginé viviendo en aquellos edificios, siguiendo el modelo de vida americano que había visto en tantas películas proyectadas en el cine y la televisión que describían la vida de los americanos, su comida, su historia, sus pasiones, el mundo que estaba a punto de llegar a mi país (no lo intuía, pero así fue). No sé cuánto tiempo permanecí revisando aquella foto, solo recuerdo el impacto que causó en mí.


Años más tarde, casi 25 años, viajé a Chicago por primera vez con mi empresa. Mi primer viaje al país que deseaba conocer desde mi niñez, uno de tantos a los que deseé ir, y por fin estaba cruzando la frontera en el aeropuerto internacional de Chicago. Cada detalle era importante, el tamaño de los coches (todavía no se veían Toyotas híbridos por las carreteras), los teléfonos móviles, los atascos kilométricos, los camiones descomunales, las vallas publicitarias, la ropa de la gente, lo grande que era la gente comparada con mi tamaño, casi tenía que ir a la sección de niño para conseguir algo que me sirviera. El sonido, el sonido de las calles de Chicago merece una reflexión aparte. Nunca creí que una ambulancia o un camión de bomberos pudieran alcanzar tal nivel sonoro con solo arrancar las sirenas, proyectando las ondas por entre las grandes avenidas y sus altos rascacielos. Quizás algún día escriba algo al respecto. Lo comento porque lo que realmente me impactó fue ver las torres marinas.


Recuerdo que entramos al centro de la ciudad paralelos al río tras haber dejado atrás la autopista. Pasamos al lado de los maravillosos puentes levadizos que cruzan el río, impresiona verlos en alto saludando a la ciudad y sus habitantes, con sus grandes levadizos que parecen manoplas gigantes. Pensé en la gente que los diseñó y construyó. No tuvo que ser una tarea fácil. Si hay algo con lo que me quedaría de esta ciudad es con alguno de sus puentes. Al bajarme del taxi para entrar en el hotel giré la cabeza hacia mi espalda y ahí estaban las dos torres que había visto en la enciclopedia de mis padres, ahí estaban reluciendo con la luz de los pisos habitados y de los coches que subían y bajaban por las rampas de las plantas de aparcamiento. No me acordé de aquella foto hasta que no tuve las torres delante de mí. Volvieron a mí todos aquellos pensamientos que tuve de niño, sentado en el salón de la casa de mis padres. Maravillosas torres que he visto tantas veces desde aquel día. Cada vez que he viajado y viajo a Chicago rindo homenaje a estas torres que despertaron en mí ilusiones, imágenes de una vida que nunca llegaré a tener (no porque la desee, me siento satisfecho con mi vida, sino porque fue imaginada por el niño que fui y creo que soy todavía). Las he visto relucir el día de San Patricio, con el color verde del río, las he visto majestuosas entre los fuegos artificiales del 4 de julio, las he visto durante la semana en días de trabajo y al acercarse los fines de semana con cientos de personas acercándose a su base para disfrutar de los restaurantes y zonas de ocio. He intuido, más que visto la vida de la gente que se asomaba a los balcones que me recordaban a los piñones de una piña abierta. No subí al edificio, me gusta observarlos desde fuera. No suelo subir a los edificios si no los voy a vivir con alguien que los habite.


Me hace ilusión compartir estos momentos. Hace tiempo que no las veo físicamente. Espero poder hacerlo en un futuro próximo. No agradeceré lo suficiente a mi madre y a mi padre por haber comprado la enciclopedia. Otorgo más valor a estos libros que al resto de cosas que tenemos en la familia. El valor monetario no lo es todo en la vida.



Referencio una preciosa imagen de esta página http://www.architecture.org/learn/resources/buildings-of-chicago/building/marina-city/ realizada por Angie McMonigal, según se refleja en la misma.

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